
LA
CASA DE LOS ESPIRITUS
-
BULWER LYTTON
Uno
de mis amigos, hombre de letras y filósofo, me decía un día, medio en broma,
medio en serio:
-Imagine
usted, querido amigo, que he descubierto una casa frecuentada, en pleno centro
de Londres.
-¿Realmente
frecuentada? ¿Y por quién? ¿Por fantasmas?
-No
puedo responder a esta pregunta. Esto es todo lo que yo sé: hace seis semanas,
mi mujer y yo, íbamos a la búsqueda de un apartamento amueblado. Al pasar por
una calle tranquila, vimos en la ventana de una casa un cartel: Apartamento
amueblado. El lugar nos convenía. Entramos en la casa. Nos gustó. Alquilamos el
apartamento por semanas y... lo abandonamos al cabo de tres días. Nada en el
mundo habría podido obligar a mi mujer a permanecer allí por más tiempo. Y debo
decir que no me sorprendo de ello.
-Pues
¿qué vieron?
-Le
ruego me perdone. No tengo ningún deseo de pasar por un soñador supersticioso.
Tampoco querría, por otra parte, hacerle admitir, ante mi única afirmación, lo
que usted no podría creer sin el control de sus propios sentidos. Déjeme
decirle que no es tanto lo que hemos visto y oído (pues podría usted creernos
víctimas de nuestra imaginación, o de una impostura) lo que nos hizo salir de
allí, como el indefinible terror que se apoderaba de nosotros cada vez que
pasábamos por delante de la puerta de una habitación vacía, en la cual, por
otra parte, jamás habíamos visto ni oído nada. Y lo más extraño, es que por
primera vez en mi vida, estuve de acuerdo con mi mujer -necia mujer, por otra
parte- y le concedí que después de tres noches de permanecer allí, no era
posible permanecer ni una más. La cuarta mañana, pues, llamé a la mujer que
guardaba la casa y nos servía, le dije que las habitaciones no eran de nuestro
agrado, y que no queríamos finalizar la semana. Ella respondió secamente:
-Ya
sé por qué; ustedes, sin embargo, se han quedado más tiempo que ningún otro
inquilino. Son pocos los que han permanecido dos noches. Y ni uno ha quedado a
la tercera. Sin embargo, creo que han sido muy amables con ustedes.
--Ellos...
¿quiénes?, -pregunté yo, simulando una sonrisa.
-¡Oh,
pues... los que frecuentan la casa, sean quienes fueren! Yo no me preocupo. Los
recuerdo hace muchos años, cuando yo vivía en la casa, pero entonces no como
criada. Sé que un día causarán mi muerte. Pero no me inquieto mucho pues soy
vieja, y de todos modos moriría pronto. Y entonces, seguiré con ellos en la
casa.
La
mujer hablaba con una tranquilidad tan aterradora, que realmente fue una
especie de temor lo que me impidió seguir la conversación. Pagué el alquiler de
la semana, y mi mujer y yo nos sentimos muy afortunados al poder irnos tan
pronto.
-Me
intriga usted -dije-, y nada me gustaría tanto como dormir en una casa
frecuentada. Deme la dirección, se lo ruego, de la casa que ha abandonado tan
vergonzosamente.
Mi
amigo me dio la dirección, y cuando nos separamos, me dirigí directamente a la
casa indicada.
Está
situada en el lado norte de Oxford Street, en un lugar triste y respetable.
Encontré la casa cerrada, sin ningún cartel en la ventana, y nadie me respondió
cuando llamé. Cuando iba a regresar, un muchacho que recogía botes de estaño
por los alrededores, me dijo-
-¿Desea
usted algo de esta casa, caballero? -Sí, he oído decir que estaba vacía.
-¡Déjelo!
La mujer que la guardaba murió hace tres semanas, y nadie quiere vivir allí
aunque Mr. J... ofrezca mucho. Le ha ofrecido a mi madre que trabajaba en su
casa durante el día una libra a la semana para abrir y cerrar las ventanas, y
ella ha rechazado su oferta.
-¿La
ha rechazado? ¿Por qué?
-La
casa está encantada, y la mujer que vivía aquí, fue encontrada muerta en su
cama, con los ojos desmesuradamente abiertos. Dicen que el diablo la
estranguló...
-¡Bah...
1 habla de Mr. J.... ¿Es el propietario? -Sí.
-¿Dónde
vive?
-En
G... Street, núm...
-¿Qué
hace? ¿Qué negocios tiene?
-Nada,
caballero, nada especial... un simple particular.
Di
al muchacho la propina que merecía su información, y me fui a ver a Mr. J...,
G... Street, cuya calle se encontraba en el extremo de la que desembocaba en la
casa encantada. Fui lo bastante afortunado como para encontrarle en su casa.
Era un hombre de edad, de aspecto inteligente y maneras corteses.
Le
dije mi nombre, y le expliqué francamente el asunto. Le dije haberme enterado
de que la casa estaba encantada, que tenía, muchos deseos de ver de cerca una
casa que gozara de una reputación tan equívoca, y que le estaría muy obligado
si quisiera permitirme alquilarla, aunque no fuera más que por una noche.
Estaba dispuesto a pagar este favor al precio que él quisiera.
-Caballero,
-me dijo Mr. J... con gran cortesía-, la casa está a su disposición por todo el
tiempo que desee. El precio está fuera de discusión. Todas las ventajas serán
para mí, si usted consigue descubrir la causa de los extraños fenómenos que la
privan actualmente dé todo valor. No puedo alquilarla, pues me resulta
imposible poner a una sirvienta para mantener el orden y abrir la puerta.
Desgraciadamente, está encantada -me permito expresarme así- no solamente de
noche, sino también de día. No obstante, por la noche, los fenómenos son más
desagradables, y a veces de un carácter netamente alarmante. La pobre vieja que
murió allí hace tres semanas, era una mendiga que habla retirado de una «casa
de trabajo», porque en su infancia había sido conocida por alguno de mi
familia, y otro tiempo había estado a punto de alquilar la casa de mi tío. Era
una mujer de una educación superior, y de espíritu sólido, la única, además, a
quien pude convencer de que viviera en la casa. De hecho, desde su muerte
repentina, y después de la encuesta del coronel que le dio una notoriedad en el
vecindario, he acabado por desesperar de encontrar a alguien que la ocupe, y
menos aún un inquilino, y la he retirado voluntariamente del alquiler durante
un año, hasta que alguien pagara el interés y las cargas.
-¿Cuánto
tiempo hace que esta casa tiene un renombre tan siniestro?
-Difícilmente
podría decírselo, pero hace ya varios años. La vieja de la que le he hablado,
decía que estaba ya encantada cuando ella la alquiló, hace de esto treinta o
cuarenta años. El hecho es que yo he pasado toda mi vida en las Indias, al
servicio de la Compañía. Volví a Inglaterra el año pasado para heredar la
fortuna de uno de mis tíos, y entre otras cosas, estaba esta casa. La encontré
cerrada y vacía. Tenía la reputación de estar encantada, y nadie quería vivir
en ella. Yo me reía de esta historia que suponía vana. Gasté algún dinero en
reparar la mansión, añadiendo a su mobiliario antiguo algunos objetos modernos,
la puse en alquiler y la contraté por un año. El inquilino era un coronel de
media paga. Llegó con su familia, una hija y un hijo y cuatro o cinco criados.
Todos abandonaron la casa al día siguiente. Y aunque cada uno declaró haber
visto una cosa distinta de los demás, lo que todos habían visto era igualmente
aterrador. No podía, en conciencia, perseguir ni atacar al coronel por ruptura
de contrato. Entonces alojé a la mujer de la que le he hablado, dándole permiso
para alquilar la mansión. No he tenido jamás ni un solo inquilino que se haya
quedado más de tres días. No le repetiré sus historias, pues los mismos
fenómenos no se han repetido jamás dos veces. Vale, más que juzgue por usted
mismo, y en vez de entrar en la casa con ideas preconcebidas, esté preparado
únicamente a ver o a oír algo anormal y adopte todas las precauciones que le
apetezcan.
-Sí.
Pasé en ella, no solamente una noche, sino tres horas a plena luz. Mi
curiosidad no quedó satisfecha, sino enfriada. No tengo deseo alguno de renovar
la experiencia. No puede achacarme, caballero, que no sea lo suficientemente
franco. A menos que su interés no esté excitado en alto grado, y sus nervios
extremadamente templados, añadiré honradamente que le aconsejo que no pase ni
una noche en esta casa.
-Mi
interés está sumamente excitado -repliqué-, y aunque sólo un cobarde se atreve
a presumir de sus nervios en situaciones totalmente extrañas y fuera de lo
corriente, los míos han estado de tal modo habituados a toda clase de peligros,
que tengo derecho a contar con ellos, incluso en una casa encantada.
Mr.
J... no añadió nada. Tomó de su escritorio las llaves de la casa, me las dio y,
tras agradecerle cordialmente su franqueza y su amabilidad, me llevé mi trofeo.
Una
vez en mi casa, impaciente por hacer la experiencia, llamé a mi hombre de
confianza, un joven de espíritu alegre, de temperamento poco temeroso y tan
desprovisto de prejuicios supersticiosos como el que más.
-F...
-dije-, ¿recuerdas en Alemania, cuán decepcionados estuvimos al no encontrar
fantasmas en aquel viejo castillo que decían que estaba encantado por una
aparición sin cabeza? ¡Pues bien!, he oído hablar de una casa en Londres que,
tengo razones para creerlo, está realmente encantada. Tengo la intención de ir
a pasar la noche allí. Por lo que me han dicho, no hay duda que hay que ver y
oír cosas horribles. Si te llevo con migo, ¿puedo contar con tu presencia de
espíritu suceda lo que suceda?
-¡Oh!,
señor, tenga confianza en mí, se lo ruego, -respondió F..., haciendo una mueca
de placer.
-Muy
bien; aquí están las llaves de la casa, y aquí la dirección. Ve, escógeme una
buena habitación, y puesto que el lugar está deshabitado desde hace varias
semanas, enciende un buen fuego, airea las habitaciones y asegúrate de que hay
candelabros y combustible. Toma mi revólver y mi daga, y ármate tú también así,
y si no estamos equipados contra una docena de fantasmas, somos una mala pareja
de ingleses.
Tenía
que resolver el resto del día, asuntos tan urgentes, que no volví a tener
tiempo de pensar en la aventura nocturna en la que había comprometido mi honor.
Cené solo y muy tarde, y leí mientras comía, según mi costumbre. Escogí uno de
los volúmenes de ensayos de Macaulay. Me dije que me llevaría el libro conmigo.
Había en aquel volumen tanta vida y tanta realidad, que me serviría de antídoto
contra las influencias perniciosas de la superstición.
Me
lo puse en el bolsillo y, hacia las nueve y media, me dirigí tranquilamente
hacia la casa encantada. Llevaba conmigo uno de mis perros favoritos, un bull
extremadamente vivo, atrevido y vigilante, al que le gustaba merodear por los
rincones oscuros y los pasajes misteriosos, en busca de ratas; es decir el
perro por excelencia, para la caza de los fantasmas.
Era
una noche de verano, pero fresca, con un cielo oscuro y cubierto. Había claro
de luna, una luna débil y sin brillo, pero era la luna al menos, y si las nubes
lo permitían, después de medianoche el cielo se aclararía.
Llegué
a la casa, llamé, y mi criado acudió a abrirme con una alegre sonrisa.
-Todo
perfecto, señor, y muy agradable. -¡Oh! -dije yo, un poco contrariado-. ¿No has
visto ni oído nada extraño?
-Oh,
sí, tengo que confesar que he oído algo extraño.
-¿Qué?
-Unos
pasos detrás de mí, y una vez o dos un ruido muy ligero, como un suspiro muy
cerca de mi oído, nada más.
-No
pareces asustado.
-¡No
lo estoy en absoluto, señor¡ Y la mirada valerosa del buen hombre, me aseguró
al menos una cosa, y es que sucediera lo que fuese, no me abandonarla.
Estábamos
en el vestíbulo, con la puerta de entrada cerrada, y mi atención se había
apartado de mi perro. Había avanzado primero de bastante buen grado, pero se
arrastraba ahora cerca de la puerta, gimoteando por salir. Cuando le hube
acariciado la cabeza, y le hube animado, pareció reconciliarse con la situación
y nos siguió a F... y a mí a través de la casa, sin separarse ni una pulgada de
mi lado, en lugar de aventurarse hacia delante, como tenía por costumbre hacer
en todos los lugares extraños.
Visitamos
primero los sótanos, la cocina y las demás dependencias, especialmente las
bodegas, donde descubrimos algunas botellas de vino cubiertas de telas de
araña, y que, según todas las apariencias, no habían sido tocadas desde hacía
años. Estaba claro que los espíritus no eran aficionados a la botella. No
descubrimos ninguna otra cosa que fuera interesante. Había un siniestro patio
rodeado de elevadas paredes cuyas piedras estaban húmedas, y en donde, gracias
a la humedad por una parte, y por otra parte al polvo y al hollín, nuestros
pies dejaban al pasar, huellas cenagosas. Allí apareció el primer fenómeno
extraño, del que fui testigo en aquélla extraña mansión. Vi delante de mí,
formarse en el mismo momento la huella de un pie, como si el pie estuviera
allí. Me detuve, llamé a mi criado, y le mostré la cosa. Delante de aquella
huella se dibujó inmediatamente otra. La vimos los dos. Avancé rápidamente
hacia aquel lugar, y la huella avanzó, delante de mí; era una huella pequeña,
como la de un niño. La impresión era demasiado débil para que pudiera
distinguirse claramente su forma, pero a los dos nos pareció que debía ser la
de un pie desnudo.
Este
fenómeno cesó, cuando llegamos a la pared opuesta, y no se produjo a la vuelta.
Subimos las escaleras, y entramos en las habitaciones de la planta bija, un
comedor, un saloncito, y una tercera habitación más pequeña aún, que
aparentemente había estado destinada a algún criado, las tres silenciosas como
la muerte. Visitamos los salones que nos parecieron decorados recientemente y
muy nuevos. En la habitación que daba a la fachada, me senté en un sillón. F...
dejó sobre la mesa el candelabro que nos había iluminado. Le dije que cerrara
la ventana. Cuando se volvía para hacerlo, una silla, abandonó silenciosa y rápidamente
la pared de enfrente, y se paró delante de mí, a un metro aproximadamente de mi
sillón.
-¡Vaya!
-dije riendo a medias-, esto es mejor que las mesas giratorias.
Mientras
yo reía, mi perro volvió la cabeza y se puso a aullar.
F...
no había visto el movimiento de la silla. En aquel momento trataba de
tranquilizar al perro. Yo seguía observando la silla e imaginé ver entonces una
figura humana, de un azul pálido vaporoso pero de un contorno tan impreciso,
que difícilmente podía dar crédito a mis sentidos. El perro estaba tranquilo.
-Toma
esta silla que está delante de mí, y vuélvela a poner junto a la pared -le dije
a F...
F...
obedeció.
-¿Ha
sido usted, señor? -preguntó, volviéndose bruscamente.
-¿Yo?
¿El qué?
-Algo
me ha tocado. Lo he notado claramente en el hombro... justamente aquí, mire
-No
-dije yo-. Pero tenemos aquí, a algún bromista y, aunque no podamos descubrir
sus artificios, les prenderemos, antes de que logren asustarnos.
No
nos quedamos por más tiempo en los salones; de hecho, eran tan húmedos y tan
lúgubres que prefería subir a las habitaciones donde había fuego encendido.
Cerramos las puertas con cerrojo, precaución que habíamos tomado en todas las
habitaciones que habíamos explorado en la planta baja.
La
habitación que mi criado había escogido para mí, era la mejor del piso, grande,
con dos ventanas a la calle. La cama de pilares, que ocupaba un gran espacio,
estaba colocada delante del fuego, claro y brillante; una puerta en la pared
izquierda, entre la cama y la ventana, comunicaba esta habitación con la que mi
criado se había reservado para sí. Era ésta una pequeña habitación amueblada
con un diván y no comunicaba con el rellano por ninguna otra puerta, más que
por la que se abría a la habitación que yo ocupaba. A cada lado del hogar,
había dos armarios sin cerradura formando cuerpo con el muro, y recubiertos del
mismo papel de un castaño deslucido. Examinamos las estanterías. Encontramos
solamente cintas de vestidos femeninos, nada más, tanteamos los tabiques, evidentemente
sólidos, y las paredes exteriores del edificio.
Habiendo
terminado la inspección de aquellos aposentos, tras haberme calentado unos
instantes, y encendido mi cigarro, emprendí, acompañado de F..., nuevas
investigaciones. Sobre el rellano aparecía otra puerta. Estaba cerrada con
doble llave.
-Señor
-exclamó mi criado, sorprendido-, he abierto esta puerta al mismo tiempo que
las otras cuando vine antes. No ha podido ser cerrada por el interior,
porque...
Antes
de que hubiera acabado la frase, la puerta, que ninguno de nosotros había
tocado, se abrió tranquilamente por sí misma. Nos 'miramos un instante. El
mismo pensamiento nos acudió a la mente. Alguna intervención humana, podía al
fin ser descubierta. Me interné en la habitación, seguido de mi criado; una
triste y pequeña habitación blanca, sin muebles, con algunas cajas vacías y
cestos en un rincón, y una pequeña ventana cuyos postigos estaban cerrados; no
había chimenea, y ninguna otra puerta además de la que habíamos usado para
entrar; no había alfombra en el suelo, el parquet parecía muy viejo, desigual,
remendado en algunos lugares según se veía por las planchas claras, pero ni un
ser viviente, ni un lugar visible donde alguien hubiera podido ocultarse.
Cuando inspeccionábamos con mayor detenimiento el lugar, la puerta que nos
había dejado paso, se cerró con tanta tranquilidad como se había abierto.
Estábamos cogidos.
En
el primer momento, me sentí invadido de un indecible horror. No fue así con
F...
-Dios
mío, no crea que estamos cogidos en la trampa, señor. De una patada, podría
reducir esta hipócrita puerta a astillas.
-Prueba
primero si puedes abrirla con las manos -dije yo, desembarazándome de mi
aprensión-, mientras yo abro las ventanas y miro al exterior.
Quité
los seguros de los postigos; la ventana se abría al patio que he descrito ya;
no había ningún saliente visible, que cortara el corte a pico de la pared. El
que bajara por aquella ventana, no se detendría antes de caer en las piedras
del patio.
F....
entre tanto, había tratado vanamente de abrir la puerta. Daba vueltas a mí
alrededor, y me pidió permiso para emplear la fuerza. Y debo reconocer con toda
justicia, que lejos de despertarse en él terrores supersticiosos, la
tranquilidad de sus nervios y su alegría inquebrantable en circunstancias tan
extrañas, excitaron mi admiración, y tuve, que felicitarme por tener un
compañero tan bien adaptado a todas las situaciones.
Le
di, contento, el permiso que pedía. Pero aunque era un hombre de una fuerza
poco común, su fuerza fue tan inútil como su empeño. La puerta permaneció
inquebrantable, a pesar de los vigorosos golpes. Jadeante y palpitando, se
detuvo. Me encarnice a mi vez con a puerta, pero en vano. Cuando abandoné, la
sensación de horror me anegó nuevamente, pero ahora era un horror más frío y
más obsesionante. Experimentaba como si una extraña y terrible exhalación se
desprendiera de las hendiduras de aquel rugoso parquet, y llenara la atmósfera
de una perniciosa influencia hostil a la vida humana. La puerta ahora se estaba
abriendo otra vez, tranquilamente, como por su propia voluntad. Nos
precipitamos al rellano. Vimos los dos una enorme luz pálida, que se movía
delante de nosotros, y subía las escaleras desde el rellano hacia las azoteas.
Yo
seguí al resplandor, y mi criado me siguió a mí. La luz entró a la derecha del
rellano, en un granero cuya puerta estaba abierta. Yo entré al mismo tiempo. La
luz se condensó en un minúsculo glóbulo excesivamente vivo y brillante; se
inmovilizó un instante sobre una cama, en un rincón, luego se puso a temblar y
desapareció. Nos acercamos a la cama y la examinamos; era una cama de dosel
como se encuentran en los graneros reservados a los criados. Sobre la cómoda
que había al lado, descubrirnos un viejo chal de seda muy estropeado, con una
aguja olvidada en un desgarrón a medio coser.
El
chal estaba cubierto de polvo, probablemente había pertenecido a la vieja que
había muerto hacía poco en la casa, y aquella podía ser su habitación. Tuve la
curiosidad de abrir los cajones; en ellos hablan viejos restos de ropas de
mujer, y dos cartas atadas por una estrecha cinta de seda, de un amarillo
endeble. Me tomé la libertad de apoderarme de las cartas. No encontramos en la
habitación ninguna otra cosa digna de interés y la luz no volvió a aparecer.
Pero oírnos claramente, cuando nos disponíamos a salir, un ruido de pasos sobre
el suelo, justamente delante de nosotros. Recorrimos las otras buhardillas, y
los pases nos precedieron. No había nada que ver, sólo el ruido de pasos. Tenía
las cartas en la mano. Cuando bajábamos las escaleras, noté claramente que algo
rozaba mi muñeca y advertí como un ligero esfuerzo para quitarme las cartas. No
hice otra cosa sino apretarlas y el esfuerzo cesó. Volvimos a la habitación, y
entonces me di cuenta de que mi perro no nos había seguido. Estaba acurrucado
junto al fuego, y temblaba. Yo estaba impaciente por examinar las cartas, y
mientras leía, mi criado abrió una cajita donde había dejado las armas que yo
le había ordenado que llevara. Las cogió, las dejó sobre la mesita a la
cabecera de mi cama, y se puso a apaciguar al perro, que pareció no ocuparse
demasiado de sus cuidados.
Las
cartas eran breves, y llevaban fecha de treinta y cinco años antes. Eran
evidentemente las cartas de un amante a su amante, o de un marido a su joven
esposa. No solamente los términos, sino las alusiones a un precedente viaje,
indicaban que su autor había sido marino. La ortografía y la escritura eran las
de un hombre poco letrado, y el mismo lenguaje era violento. En los términos de
ternura, se expresaba un rudo y salvaje amor; pero aquí y allá aparecían
ininteligibles alusiones a un secreto, no un secreto de amor, sino algo
parecido a un crimen.
«Debemos
amarnos», es una de las frases que recuerdo, «Porque todos nos detestarían si
supieran... »
Y
luego: «No dejes que nadie duerma en la misma habitación que tú, pues hablas,
mientras duermes».
Y
de nuevo: «Lo que está hecho, hecho está. Y te repito que nada puede prevalecer
contra nosotros, a menos que los muertos vuelvan a la vida». -No -dije yo-.
Pero tenemos aquí, a algún bromista y, aunque no podamos descubrir sus
artificios, les prenderemos, antes de que logren asustarnos.
No
nos quedamos por más tiempo en los salones; de hecho, eran tan húmedos y tan
lúgubres que prefería subir a las habitaciones donde había fuego encendido.
Cerramos las puertas con cerrojo, precaución que habíamos tomado en todas las
habitaciones que habíamos explorado en la planta baja.
La
habitación que mi criado había escogido para mí, era la mejor del piso, grande,
con dos ventanas a la calle. La cama de pilares, que ocupaba un gran espacio,
estaba colocada delante del fuego, claro y brillante; una puerta en la pared
izquierda, entre la cama y la ventana, comunicaba esta habitación con la que mi
criado se había reservado para sí. Era ésta una pequeña habitación amueblada
con un diván y no comunicaba con el rellano por ninguna otra puerta, más que
por la que se abría a la habitación que yo ocupaba. A cada lado del hogar,
había dos armarios sin cerradura formando cuerpo con el muro, y recubiertos del
mismo papel de un castaño deslucido. Examinamos las estanterías. Encontramos
solamente cintas de vestidos femeninos, nada más, tanteamos los tabiques,
evidentemente sólidos, y las paredes exteriores del edificio.
Habiendo
terminado la inspección de aquellos aposentos, tras haberme calentado unos
instantes, y encendido mi cigarro, emprendí, acompañado de F..., nuevas
investigaciones. Sobre el rellano aparecía otra puerta. Estaba cerrada con
doble llave.
-Señor
-exclamó mi criado, sorprendido-, he abierto esta puerta al mismo tiempo que
las otras cuando vine antes. No ha podido ser cerrada por el interior,
porque...
Antes
de que hubiera acabado la frase, la puerta, que ninguno de nosotros había tocado,
se abrió tranquilamente por sí misma. Nos 'miramos un instante. El mismo
pensamiento nos acudió a la mente. Alguna intervención humana, podía al fin ser
descubierta. Me interné en la habitación, seguido de mi criado; una triste y
pequeña habitación blanca, sin muebles, con algunas cajas vacías y cestos en un
rincón, y una pequeña ventana cuyos postigos estaban cerrados; no había
chimenea, y ninguna otra puerta además de la que habíamos usado para entrar; no
había alfombra en el suelo, el parquet parecía muy viejo, desigual, remendado
en algunos lugares según se veía por las planchas claras, pero ni un ser
viviente, ni un lugar visible donde alguien hubiera podido ocultarse. Cuando
inspeccionábamos con mayor detenimiento el lugar, la puerta que nos había dejado
paso, se cerró con tanta tranquilidad como se había abierto. Estábamos cogidos.
En
el primer momento, me sentí invadido de un indecible horror. No fue así con
F...
-Dios
mío, no crea que estamos cogidos en la trampa, señor. De una patada, podría reducir
esta hipócrita puerta a astillas.
-Prueba
primero si puedes abrirla con las manos -dije yo, desembarazándome de mi
aprensión-, mientras yo abro las ventanas y miro al exterior.
Quité
los seguros de los postigos; la ventana se abría al patio que he descrito ya;
no había ningún saliente visible, que cortara el corte a pico de la pared. El
que bajara por aquella ventana, no se detendría antes de caer en las piedras
del patio.
F....
entre tanto, había tratado vanamente de abrir la puerta. Daba vueltas a mí
alrededor, y me pidió permiso para emplear la fuerza. Y debo reconocer con toda
justicia, que lejos de despertarse en él terrores supersticiosos, la
tranquilidad de sus nervios y su alegría inquebrantable en circunstancias tan
extrañas, excitaron mi admiración, y tuve, que felicitarme por tener un
compañero tan bien adaptado a todas las situaciones.
Le
di, contento, el permiso que pedía. Pero aunque era un hombre de una fuerza
poco común, su fuerza fue tan inútil como su empeño. La puerta permaneció
inquebrantable, a pesar de los vigorosos golpes. Jadeante y palpitando, se
detuvo. Me encarnice a mi vez con a puerta, pero en vano. Cuando abandoné, la
sensación de horror me anegó nuevamente, pero ahora era un horror más frío y
más obsesionante. Experimentaba como si una extraña y terrible exhalación se
desprendiera de las hendiduras de aquel rugoso parquet, y llenara la atmósfera
de una perniciosa influencia hostil a la vida humana. La puerta ahora se estaba
abriendo otra vez, tranquilamente, como por su propia voluntad. Nos
precipitamos al rellano. Vimos los dos una enorme luz pálida, que se movía
delante de nosotros, y subía las escaleras desde el rellano hacia las azoteas.
Yo
seguí al resplandor, y mi criado me siguió a mí. La luz entró a la derecha del
rellano, en un granero cuya puerta estaba abierta. Yo entré al mismo tiempo. La
luz se condensó en un minúsculo glóbulo excesivamente vivo y brillante; se
inmovilizó un instante sobre una cama, en un rincón, luego se puso a temblar y
desapareció. Nos acercamos a la cama y la examinamos; era una cama de dosel
como se encuentran en los graneros reservados a los criados. Sobre la cómoda
que había al lado, descubrirnos un viejo chal de seda muy estropeado, con una
aguja olvidada en un desgarrón a medio coser.
El
chal estaba cubierto de polvo, probablemente había pertenecido a la vieja que
había muerto hacía poco en la casa, y aquella podía ser su habitación. Tuve la
curiosidad de abrir los cajones; en ellos hablan viejos restos de ropas de
mujer, y dos cartas atadas por una estrecha cinta de seda, de un amarillo
endeble. Me tomé la libertad de apoderarme de las cartas. No encontramos en la
habitación ninguna otra cosa digna de interés y la luz no volvió a aparecer.
Pero oírnos claramente, cuando nos disponíamos a salir, un ruido de pasos sobre
el suelo, justamente delante de nosotros. Recorrimos las otras buhardillas, y
los pases nos precedieron. No había nada que ver, sólo el ruido de pasos. Tenía
las cartas en la mano. Cuando bajábamos las escaleras, noté claramente que algo
rozaba mi muñeca y advertí como un ligero esfuerzo para quitarme las cartas. No
hice otra cosa sino apretarlas y el esfuerzo cesó. Volvimos a la habitación, y
entonces me di cuenta de que mi perro no nos había seguido. Estaba acurrucado
junto al fuego, y temblaba. Yo estaba impaciente por examinar las cartas, y
mientras leía, mi criado abrió una cajita donde había dejado las armas que yo
le había ordenado que llevara. Las cogió, las dejó sobre la mesita a la
cabecera de mi cama, y se puso a apaciguar al perro, que pareció no ocuparse
demasiado de sus cuidados.
Las
cartas eran breves, y llevaban fecha de treinta y cinco años antes. Eran
evidentemente las cartas de un amante a su amante, o de un marido a su joven
esposa. No solamente los términos, sino las alusiones a un precedente viaje,
indicaban que su autor había sido marino. La ortografía y la escritura eran las
de un hombre poco letrado, y el mismo lenguaje era violento. En los términos de
ternura, se expresaba un rudo y salvaje amor; pero aquí y allá aparecían
ininteligibles alusiones a un secreto, no un secreto de amor, sino algo
parecido a un crimen.
«Debemos
amarnos», es una de las frases que recuerdo, «Porque todos nos detestarían si
supieran... »
Y
luego: «No dejes que nadie duerma en la misma habitación que tú, pues hablas,
mientras duermes».
Y
de nuevo: «Lo que está hecho, hecho está. Y te repito que nada puede prevalecer
contra nosotros, a menos que los muertos vuelvan a la vida».
Aquí
había una frase subrayada, mejor escrita, que parecía trazada por una mano de
mujer. Y lo hacen. Al final de la carta más reciente, la misma mano femenina
había trazado estas palabras: «perdido en el mar el 4 de junio, el mismo día
que ... »
Dejé
las cartas, y me puse a reflexionar sobre su contenido. Temiendo, sin embargo,
que este tipo de pensamientos me indispusiera mi sistema nervioso y determinado
a mantener mi espíritu en buen estado, en perspectiva de todo lo que aquella
noche podía aún ofrecerme de maravilloso, me levanté, dejé las cartas sobre la
mesa, aticé el fuego aún brillante y alegre, y abrí mi volumen de Macaulay. Leí
tranquilamente hasta las once y media. Me eché entonces completamente vestido,
en la cama, y permití a mi criado que se retirara a su habitación, recomendándole,
no obstante, que se mantuviera despierto. Le rogué igualmente que dejara
abierta la puerta entre nuestras habitaciones y, solo al fin, puse dos
candelabros sobre la mesilla de noche. Dejé mi reloj al lado de las armas y
cogí de nuevo el Macaulay. Delante de mí el fuego brillaba, y en el hogar el
perro parecía dormir. Al cabo de unos veinte minutos, sentí pasar como una
flecha, junto a mi mejilla, una corriente de aire excesivamente fría. Pensé que
la puerta de la derecha, que comunicaba con el rellano se había abierto, pero
no, seguía cerrada. Miré entonces a la izquierda y vi que las llamas de las
velas estaban inclinadas por un soplo tan violento como el viento. En aquel
momento, el reloj que se encontraba al lado del revólver abandonó lentamente la
mesa y aunque no había ninguna mano visible, desapareció. Habiéndome armado, me
puse a mirar el suelo; no había rastro del reloj. Tres golpes sordos lentos, se
oyeron claramente a la cabecera de la cama. Mi criado llamó.
-¿Es
usted, señor?
-No.
Estate alerta.
El
perro se había levantado y, sentado sobre sus cuartos traseros, sus orejas se
agitaban vivamente de atrás hacia delante. Tenía los ojos fijos en mí con una
mirada tan extraña, que toda mi atención estaba atraída por él. Lentamente, se
levantó, con el pelo erizado, y se quedó rígido, con la mirada salvaje. Mi
criado, salia de su habitación, y si he tenido jamás la ocasión de ver el
horror pintado sobre algún rostro humano, fue esta vez. Si le hubiera
encontrado en la calle, no hubiera podido reconocerle, tan alterado estaba su
rostro. Rápidamente, pasó junto a mí, diciendo en un soplo que parecía salir
apenas de sus labios:
-Deprisa,
deprisa, ¡está detrás de mí! Llegó a la puerta del rellano, la abrió y se
precipitó hacia abajo. Yo le seguí involuntariamente, gritándole que se
detuviera. Pero sin oírme, bajaba dando tumbos por la escalera, golpeando la
baranda, y saltando varios peldaños a la vez. Desde donde yo estaba, oí que
abría la puerta de la calle y la cerraba detrás de sí. Estaba solo en la casa
encantada.
Por
un instante, permanecí indeciso, no sabiendo si seguir a mi criado. El orgullo
y la curiosidad me impidieron esta huida humillante. Me reintegré a mi
habitación, cerrando la puerta detrás de mí, y me dirigí prudentemente hacia el
gabinete interior. No vi nada que justificara el terror de mi criado. Examiné
de nuevo cuidadosamente las paredes, para ver si existía alguna puerta oculta.
No encontré rastro alguno, ni una hendidura en el papel castaño del tapizado.
¿Cómo
había entrado, pues, en aquella habitación, fuese lo que fuese lo que le había
aterrado, sino a través de la mía? Volví a mi habitación, cerré con doble llave
la puerta de comunicación y me mantuve dispuesto y atento a la menor alarma.
Advertí que el perro se habla retirado a un rincón de la habitación, y se
apretaba contra la pared, como si hubiera querido abrirse paso con todas sus
fuerzas. Fui hacia él y le hablé. La pobre bestia estaba evidentemente
aterrorizada. Mostraba los dientes, la saliva le manaba de la boca, y
ciertamente me hubiera mordido si la hubiera tocado. No parecía reconocerme.
Aquel que ha visto en el jardín zoológico un conejo fascinado por una
serpiente, acurrucándose en un rincón, puede formarse una idea del terror que
el perro parecía experimentar. Todos mis esfuerzos para apaciguarle fueron
vanos, y temiendo que su mordedura fuera, en el estado en que se encontraba,
tan peligrosa como la de un perro rabioso, le dejé, coloqué mis armas sobre la
mesa, al lado del fuego, me senté y volví a mi Macaulay.
Con
el objeto de que no parezca que trato de hacer creer al lector que me hallaba
en posesión de mayor valor, o presencia de ánimo de lo que puede concebir, voy
a introducir aquí, y ruego me perdonen, una o dos observaciones personales.
Como
yo creo que la presencia de ánimo, o lo que se llama valor, es proporcional a
la costumbre de encontrarse en circunstancias que lo reclamen, diré que yo
estaba más que suficientemente familiarizado con los fenómenos maravillosos.
Había encontrado casos realmente extraordinarios en diferentes partes del
mundo, casos que, si tuviera que relatarlos, no serían dignos de crédito
alguno, y no serían tenidos en cuenta como influencias sobrenaturales. Mi
teoría es que lo sobrenatural se confunde con lo imposible y que lo que es
reconocido como tal, proviene simplemente de la aplicación de leyes naturales
que ignoramos. Así, pues, si un fantasma se me aparece, yo no tengo derecho a
decir: «Vaya, existe lo sobrenatural», sino «Vaya, la aparición de un espíritu,
contrariamente a lo que había creído hasta ahora, entra en el dominio de las
leyes naturales y no de las sobrenaturales».
Así,
pues, en todo lo que había visto y en todos los milagros que los aficionados de
la época al misterio han relatado como hechos, había siempre una intervención
humana. En el continente, se encuentran magos que afirman poder hacer salir a
los espíritus. Suponiendo incluso que sean sinceros, mientras que la forma
material del mago está presente, constituye el elemento esencial material, por
el cual. a causa de ciertas originalidades de constitución, ciertos fenómenos
extraños se manifiestan a nuestros sentidos. Admitiendo incluso los cuentos de
la «Spirit Manifestation in América», tales como la producción de música u
otros sonidos, la escritura sobre papel sin el concurso de una mano visible,
los movimientos de objetos o muebles sin intervención humana aparente, la vista
y el contacto de manos que no parecen pertenecer a cuerpo alguno, se encontrará
siempre el médium, ser vivo capaz de conseguir semejantes fenómenos, a causa de
ciertas particularidades en su constitución. En una palabra, en el origen de
todas estas maravillas, suponiendo que no sean el resultado de una impostura,
debe haber un ser semejante a nosotros, por el cual, o bajo la influencia del
cual, estos efectos caen sobre nuestros sentidos.
Sucede
así en el fenómeno ahora conocido con el nombre de mesmerismo o magnetismo
animal, en que el espíritu de la persona tratada está influenciado por un
agente material vivo. Suponiendo incluso que un paciente sometido al método de
Mesmer pueda realmente cumplir la voluntad de un hipnotizador que se halla a
cien millas de distancia, esta pasividad no es menos el resultado de una acción
material; y es por medio de un fluido material -llámenle eléctrico, o lo que
quieran- que tenga el poder de atravesar el espacio y de pasar a través de los
obstáculos, que el efecto material es transmitido de uno a otro.
De
ahí que todo aquello de lo que había sido testigo, y lo que esperaba ver aún en
aquella extraña casa, me parecía causado por un médium tan mortal como yo
mismo. Y esta idea me preservaba necesariamente del terror que habrían
experimentado a través de las aventuras de esta memorable noche, aquellos que
miran estos fenómenos como obra de las fuerzas sobrenaturales y no como
operaciones propias de la Naturaleza.
Así
pues, todo lo que se presentaba o podía aún presentarse, se me aparecía como
procedente de alguien que tuviera el don natural de hacer aparecer tales cosas,
y un motivo para hacerlo, y yo sacaba de mi teoría un interés más filosófico
que supersticioso. Puedo decir sinceramente que estaba tan tranquilo como
hubiera podido estarlo cualquier sabio en espera de los efectos de una
determinada combinación química que ofreciera, sin embargo, algún peligro.
Naturalmente,
cuanto más lograra tranquilizar a mi imaginación, más dispuesto estaría mi
espíritu para la observación que quería hacer, por esta razón, concentraba todo
mi pensamiento y todas mis miradas en el vigoroso y claro buen sentido de las
páginas de Macaulay.
Vine
a observar que algo se interponía entre la página y la luz, pues la página se
encontraba oscurecida por una sombra. Lo que miré y vi me es difícil, por no
decir imposible de describir. Era una oscuridad del ambiente, siguiendo
contornos poco definidos. No puedo decir que se pareciera a un hombre, y no
obstante aquello tenía más parecido con una forma humana, o más bien su sombra,
que con cualquier otra cosa. Se alzaba, totalmente diferenciada del aire y de
la luz, y sus dimensiones parecían enormes, pues la parte de arriba, tocaba el
techo. Cuando la miraba, fui presa de una impresión de frío intenso. Si un
iceberg se hubiera encontrado delante de mí, no me habría congelado más, y, por
otra parte, el frío que emanara de un iceberg hubiera sido puramente físico.
Estoy convencido de que aquel frío no era causado por el miedo. Seguía mirando
y creo -aunque no puedo precisarlo- que vi dos ojos mirándome desde lo alto.
Por un instante, creí verlos claramente, y al instante siguiente, parecían
haber desaparecido. Pero dos rayos de una luz azul pálido atravesaron varias
veces la sombra, como si cayeran del lugar donde me había parecido ver los
ojos.
Traté
de hablar, pero me faltó la voz. Pude solamente pensar: «¿Es esto miedo? No, no
es miedo». Traté de levantarme; en vano. De hecho, mi impresión era estar
sujeto por una fuerza irresistible, como un inmenso abatimiento, una impotencia
total de luchar contra una fuerza superior a las fuerzas humanas como la que se
debe experimentar físicamente en una tempestad en el mar, en una explosión, o
ante cualquier terrible bestia feroz, como un tiburón en el océano; pero en mí
era una impresión moral. Otra voluntad se oponía a la mía, era más fuerte que
la mía, como el rayo, el fuego o el tiburón son superiores, en fuerza material,
al hombre.
Y
ahora, a medida que esta impresión se desarrollaba en mí, era presa del horror,
un horror tal que ninguna palabra podría describirlo. Únicamente el orgullo,
sino el valor, me contenía aún, y pensaba: «Esto es el terror y no el temor; mi
razón la rechaza. Una alucinación..., no tengo miedo».
Con
un violento esfuerzo, conseguí al fin tender la mano hacia el arma colocada
encima de la mesa, y cuando hacía este gesto recibí en el brazo y en el hombro
un golpe tal, que mi brazo cayó inerte a mi lado. Y para aumentar aún el horror
de la situación, la luz de las velas empezó a declinar suavemente, no era como
si se hubieran apagado, sino que la llama parecía alejarse gradualmente y así
sucedía también con el fuego; la luz se retiraba de los carbones; en algunos
minutos, la habitación quedó sumida en la oscuridad.
La
angustia que me cogió al sentirme en aquella habitación oscura, con aquella
cosa oscura cuyo poder se hacía sentir tan intensamente, me produjo una
reacción nerviosa.
De
hecho, mi terror había alcanzado un grado tal que mis sentidos me abandonaron,
y rompí el encanto. Lo rompí, efectivamente, pues encontré mi voz, pero esa voz
era un grito penetrante. Recuerdo que aullé, estas palabras: «No tengo miedo,
mi alma no teme nada», y en el mismo instante encontré fuerzas para levantarme.
Inmediatamente, en las tinieblas, me precipité hacia una de las ventanas, corrí
la cortina y abrí las persianas; mi primer pensamiento fue: «¡Luz!». Y cuando
vi la luna alta, clara y tranquila, sentí una alegría tal, que era capaz de
compensar mi terror precedente. Era la luna, y más luz de los faroles en la
calle desierta.
Me
volví hacia la habitación para mirar en el interior; la luna penetró en la sombra,
muy débil, pero era la luz. Como quiera que fuese, la cosa había desaparecido;
sólo había una sombra ligera que parecía ser la sombra misma de la otra sobre
la pared opuesta. Mis ojos se volvieron entonces hacia la mesa, una vieja mesa
de caoba que no cubría tapete alguno, y de debajo de esta mesa, surgió una
mano, visible únicamente hasta el puño. Era una mano aparentemente de carne y
hueso como la mía, pero la mano de una persona de edad, flaca, arrugada y
pequeña, una mano de mujer. Se apoderó cuidadosamente de las cartas que se
encontraban sobre la mesa; luego, cartas y mano se desvanecieron. En seguida se
repitieron los tres golpes sordos que había oído a la cabecera de la cama,
antes de que empezara aquel drama extraordinario.
Cuando
cesaron, sentí que toda la habitación vibraba sensiblemente, y al extremo de
ésta se elevaron, como apareciendo del suelo, unas gotas o bolas de luz
coloreada, verdes, amarillas, rojas, azules. De arriba abajo, de atrás hacia
delante, aquí y allá como un ballet, las gotas empezaron a hallar, lentas o
rápidas, cada una según su capricho. Una silla se había movido y se había
colocado al otro lado de la mesa. Y de repente, pareció salir la forma de una
mujer. Era realmente como la forma de un cuerpo, como una pálida figura de
muerta. El rostro era joven, de una extraña y conmovedora belleza. La garganta
y los hombros estaban descubiertos, y el resto del cuerpo envuelto en un amplio
vestido de un blanco de nube.
Estaba
ocupada en peinar sus largos cabellos rubios que caían sobre los hombros, sus
ojos no estaban vueltos hacia mí, sino que miraban hacia la puerta. En un plano
alejado, la sombra se iba haciendo más densa. Y de nuevo, creí ver en lo alto
dos ojos brillantes que parecían mirar la forma de la mujer sentada. Como
viniendo de la puerta, aunque ésta permaneciera cerrada, surgió otra forma,
igualmente clara, igualmente espantosa, la forma de un hombre, y de un hombre
joven. Llevaba el traje del siglo pasado, o una imagen de este traje, pues
ambos, hombre y mujer, no eran más que sombras impalpables, fantasmas,
simulacros. Y había algo grotesco aunque aterrador en el contraste entre los
aderezos rebuscados de sus formas corporales, con sus puños, sus puntillas y
sus rizos, y el silencio de fantasmas de éstos. Cuando el fantasma del hombre
se acercaba al de la mujer, la sombra se desprendió de la pared y los tres
quedaron inmersos un instante en la oscuridad. Cuando el pálido resplandor
apareció nuevamente, los dos cuerpos parecían presos en las garras de la sombra
que se alzaba entre ellos; había ahora una mancha de sangre en el pecho de la
mujer. El fantasma del hombre estaba empalado en su espada, y la sangre manaba
rápidamente de los puños y de las puntillas; la sombra de la forma que se
alzaba entre ellos los recubrió: habían desaparecido.
De
nuevo, surgieron las bolas de luz y empezaron a viajar y a girar, haciéndose
cada vez más numerosas y desordenadas en sus movimientos. La puerta que se
encontraba a la derecha del hogar, cerrada hasta entonces, se abrió, y en el
dintel apareció una mujer de edad. Tenía en sus manos las cartas, las mismas
cartas sobre las que había visto cerrarse la mano. Detrás de ella, oí un paso.
La mujer dio una vuelta alrededor de la habitación como para escuchar, y luego
abrió las cartas y empezó a leerlas; por encima de su hombro, pude ver el
rostro lívido de un ahogado, pálido e hinchado, con los cabellos llenos de
algas; a sus pies, la forma de un cuerpo; al lado del cuerpo un niño
acurrucado, un miserable niño, asquerosamente sucio, con un rostro hambriento y
unos ojos de bestia acorralada. Cuando quise mirar el rostro de la vieja, las
arrugas y los surcos desaparecieron, dando paso a una cara joven, de mirada
dura y glacial, pero joven. Luego, la sombra recubrió la visión, y todo volvióse
oscuro nuevamente.
Nada
subsistía ya de todo aquello, más que la sombra sobre la que mis ojos se
volvieron y permanecieron fijos hasta que vi aparecer de nuevo sus ojos, unos
ojos malsanos de serpiente. Las pompas de luz reaparecieron también, y emprendieron
su danza desordenada y turbulenta, mezclándose con los rayos de la luna. Ahora,
de estas mismas partículas, nacían, como escamas de un huevo, cosas monstruosas
que llenaron el aire; larvas exangües, tan repugnantes, que no puedo
describirlas mejor que recordando al lector el movimiento intenso que
únicamente el microscopio puede ofrecer a las miradas en una gota de agua, por
ejemplo; cosas transparentes, viscosas, ágiles, persiguiéndose unas a otras,
devorándose unas a otras, formas que jamás se han podido ver a simple vista.
Como
sus contornos no tenían simetría, sus movimientos eran desordenados. No había
ningún orden en sus evoluciones, giraban a mi alrededor, y me rodeaban cada vez
más numerosas, rápidas y ligeras, apretándose encima de mi cabeza, trepando a
lo largo de mi brazo derecho, que yo había alzado involuntariamente para
protegerme. En ciertos instantes, me sentí tocado, pero no por ellas; eran unas
manos invisibles que me tocaban. Una vez, experimenté la sensación de unos
dedos suaves y fríos contra mi garganta. Tuve la impresión de que estaba en
peligro, y concentré todas mis facultades en mi voluntad de defenderme y
resistir. Antes que nada, aparté mi mirada de la sombra, de aquellos extraños
ojos de serpiente, ahora netamente claros, porque sabía que era allí, y en
ninguna otra parte a mi alrededor, donde residía la voluntad, una voluntad
mala, intensa, creadora y activa, capaz de quebrar la mía.
La
pálida atmósfera de la habitación, se iba haciendo roja como la atmósfera próxima
a una explosión. Las repugnantes larvas seguían creciendo, y ahora parecían
borbotear en un fuego. De nuevo la habitación vibró y dejó oír los tres golpes
regulares; de nuevo todas las cosas cayeron en la sombra, como si fuera de ella
que emanara todo, y a ella, que todo volviera.
Cuando
la oscuridad cedió, la sombra había desaparecido. Solamente entonces, cuando se
había alejado, volvió a encenderse la llama de las velas, y también el fuego
del hogar. Toda la habitación se volvió calma, apacible, como antes de la
visión. Las dos puertas se habían vuelto a cerrar, y la puerta de comunicación
estaba cerrada bajo doble llave. En el rincón de la pared, donde se había
acurrucado convulsamente, el perro seguía tendido. Le llamé, y no hizo ningún
movimiento; me acerqué: el animal estaba muerto, con los ojos desorbitados, la
lengua fuera, y la espuma en los labios. Experimenté una viva sensación de
tristeza ante la pérdida de mi pobre compañero, y también un remordimiento. Me
acusé de su muerte, y le creí muerto de miedo. Pero cuál no fue mi sorpresa al
advertir que tenía la nuca rota. ¿Había ocurrido en la oscuridad? ¿No había
requerido aquel acto la mano de un hombre como yo? ¿No había necesitado esta
muerte de una influencia humana? Tenía una buena razón para creerlo. No puedo
sacar deducciones, no puedo hacer otra cosa que relatar fielmente los hechos.
Que el lector deduzca de ellos lo que le plazca.
Otra
circunstancia sorprendente, mi reloj se encontraba de nuevo en la mesa, de
dónde yo lo había visto desaparecer tan misteriosamente; pero estaba parado en
el momento en que había sido, por así decirlo, raptado; y después, a pesar de
toda la pericia del relojero, el hecho es que si se pone en marcha, lo hace de
un modo extraño y poco corriente durante algunas horas, y se detiene luego en
un punto muerto..., pero este detalle es insignificante.
No
sucedió nada más durante el resto de la noche. Por otra parte, no tuve que
esperar mucho la llegada del día, pero no quise dejar la casa encantada hasta
que fuera día claro. Antes de irme, volví a la pequeña habitación donde mi
criado y yo nos habíamos quedado emocionados. Tenía claramente la impresión -y
no sé claramente por qué- de que era en aquella habitación donde se encontraba
el mecanismo del fenómeno que había tenido sus efectos en la mía.
Y
aunque entrase ahora, a plena luz del día, con el sol brillando a través de los
cristales, sentí subir del suelo aquella misma impresión de horror que había
experimentado la víspera, agravada ahora por todo lo que había sucedido en mi
habitación. No pude soportar el permanecer allí más de medio minuto; bajé las
escaleras, y oí otra vez con claridad unos pasos delante de mí. Cuando abrí la
puerta de la calle, oí claramente una ligera risa. Volví a mi domicilio,
creyendo encontrar a mi cobarde criado. Pero no había hecho aún su aparición.
No supe nada más de él durante tres días, fecha en que recibí una carta
procedente de Liverpool. Hela aquí.
«Señor,
le pido humildemente perdón, aunque apenas puedo creer que me lo conceda, a
menos que, y Dios no lo quiera, no haya visto usted lo que yo vi. Sé que
necesitaré años para recobrarme. En cuanto a hallarme en estado de servir,
desde luego que no. Me voy, pues, a Melbourne, a casa de mi cuñado. El barco
sale mañana. Tal vez el largo viaje me hará bien. No hago más que estremecerme
y temblar e imaginarme que "aquello" me persigue. Le ruego
humildemente, señor, que haga enviar mis ropas y los sueldos que me debe, a mi
madre, en Walworth. John sabe su dirección.»
La
carta terminaba con otras excusas, un poco incoherentes y detalles explicativos
concernientes a los bienes de los que él se había ocupado.
Esta
defección podrá tal vez suscitar la sospecha de que el hombre tenía deseos de
ir a Australia y se había aprovechado fraudulentamente de los acontecimientos
de la noche. No veo nada que pueda refutar esta opinión; aún más, pienso que
les parecerá a muchas personas la solución más probable de estos sucesos
inexplicables. Mi fe en mi propia teoría permanece íntegra. Volví por la noche
a la casa, con desconfianza, para recoger los objetos que había dejado allí y
el cuerpo de mi pobre perro.
Nadie
me turbó en mi tarea, y no se produjo ningún incidente notable, excepto al
subir y bajar las escaleras, que oí otra vez el ruido de pasos.
Al
salir de la casa, me dirigí a casa de mister J... Le devolví las llaves, le
dije que mi curiosidad estaba ampliamente satisfecha y empecé a relatarle
rápidamente lo que había sucedido; pero él me hizo callar y me dijo, muy
cortésmente, que no encontraba ningún interés en un misterio que jamás había
sido resuelto.
Me
decidí finalmente a hablarle de las dos cartas que había leído, así como de la
manera extraordinaria como habían desaparecido, y le pregunté si habían sido
dirigidas a la mujer que había muerto en la casa, y si había en su historia
alguna cosa que pudiera confirmar las sospechas que estas cartas podían
suscitar. Mister J... pareció estremecerse, y después de haber reflexionado
durante algunos minutos, respondió:
-Sé
pocas cosas de la historia de esta mujer, salvo, como le he dicho ya, que su
familia conocía a la mía. Pero usted reaviva algunas vagas sospechas que
alimenté en otro tiempo contra ella. Voy a hacer una encuesta y le informaré
del resultado. Y entre tanto, incluso aunque podamos admitir la creencia
popular en el hecho de que una persona que ha sido durante su vida el autor o
la víctima de un crimen puede volver después de su muerte al teatro de sus
crímenes, haré observar que la casa ya estaba frecuentada por extrañas visiones
y ruidos raros antes de que esta mujer muriese. ¿Sonríe usted? ¿Qué piensa?
-Digo
que estoy convencido de que si vamos hasta el fondo del misterio, encontraremos
alguna influencia humana en la base de todo esto.
-¿Cómo?
¿Cree usted en una impostura? ¿Por qué razón?
-No
en una impostura en el sentido ordinario de la palabra. Si yo estuviera sumido
en un profundo sueño del que no pudiera usted despertarme, y en este sueño
pudiera responder a preguntas con una precisión de la que sería incapaz estando
despierto podría decirle, por ejemplo, cuánto dinero tiene usted en los
bolsillos, o escribirle sus propios pensamientos, no es necesariamente una
impostura, pero tampoco un efecto sobrenatural. Yo podría estar, sin saberlo,
sin estar presente en mí mismo, bajo una influencia mesmérica impuesta a
distancia por una persona que hubiera adquirido sobre mí un poder cualquiera en
un encuentro precedente.
-Pero
si bien un hipnotizador puede afectar de este modo a una persona viva, ¿le cree
usted capaz de influir objetos inanimados, de desplazar sillas, o de abrir
puertas?
-¿O
de impresionar a los sentidos con el fin de hacerle creer en tales efectos, si
usted no ha estado nunca en relación con la persona en cuestión? No. Lo que
comúnmente se llama mesmerismo, no podría lograrlo; pero puede existir un poder
semejante, o hasta superior al mesmerismo, tal como el llamado antiguamente
«magia». No llegaré a afirmar que un poder semejante pueda estar igualmente
aplicado a los objetos materiales. Pero si fuera así, no sería contra la
Naturaleza, sería, por el contrario, un raro poder que ésta otorga a ciertas
constituciones particulares y cultivado por la práctica hasta llegar a un grado
extraordinario. Que un poder semejante pueda obrar sobre un muerto, es decir, sobre
ciertos pensamientos y recuerdos que el muerto pueda conservar, y obligar a que
se haga aparente a nuestros sentidos, no lo que algunos llaman vulgarmente «el
alma», lo cual está más allá del alcance humano, sino más bien algo como un
fantasma de lo que ha sido en la tierra el soporte visible, esto es una teoría
muy antigua, y un poco pasada de moda sobre la cual no aventuraría ninguna
opinión. Pero no puedo admitir que este poder sea sobrenatural. Déjeme ilustrar
lo que acabo de decir, con una experiencia de Paracelsus, descrita como fácil
de hacer y que el autor de Curiosities of Literature cita como prueba: «Una
flor se marchita. La quemáis. Allí dónde han ido los elementos de esta flor,
cuando estaba viva, no lo sabéis; no podréis encontrarlos ni reunirlos. Pero
podéis, por medio de la química, de las cenizas de esta flor, hacer surgir un
espectro de ésta, con todas las apariencias de vida». Puede suceder así con los
humanos. El alma ha escapado como la esencia o los elementos de la flor... Pero
podéis resucitar un espectro. Y este fantasma, aunque la creencia popular lo
tenga por el alma del difunto, no debe ser confundido con ella. No es más que
una imagen del muerto. Lo que más nos sorprende en las más acreditadas
historias de fantasmas, es la ausencia de lo que llamaremos «alma», es decir,
de una inteligencia superior libre de toda traba. Estas apariciones salen
generalmente de pequeños objetos o de la nada. Hablan raramente, y si esto
sucede, expresan ideas que no son superiores a las de la mayoría de los
mortales. Espiritistas americanos han publicado volúmenes de comunicaciones en
prosa o en verso, que dicen y afirman haber sido hechas por los muertos más
ilustres, Shakespeare o Bacon. Estas comunicaciones no son ciertamente de otro
orden que las que habrían hecho personas de un cierto talento y de una cierta
educación aún en vida; son, en todo caso, sorprendentemente inferiores a lo que
Shakespeare, Bacon o Platón, escribieron, en vida. Y lo que es más notable
todavía, no contienen ninguna idea que no existiera ya sobre la tierra. Por
ello, si tales fenómenos, admitiendo que sean reales, pueden existir, veo que
muchos de ellos la filosofía los puede poner en duda, pero ninguno que pueda
negar, y en todo caso, ninguno que sea sobrenatural. Son únicamente ideas
transmitidas de una manera o de otra -no hemos descubierto aún el medio- de un
espíritu mortal a otro espíritu mortal. Igualmente, aunque el hecho de hacer
bailar a las mesas, de hacer aparecer formas en un círculo mágico o manos sin
cuerpos apoderándose de ciertos objetos, o una sombra como la que se me
apareció a mí, hiele la sangre, estoy convencido de que todo está transmitido
por agentes materiales tales como ondas eléctricas. En ciertos organismos
existen causas químicas que pueden producir efectos seudomilagrosos de
naturaleza química; en otros circula un fluido eléctrico, y estos últimos
pueden dar nacimiento a fenómenos eléctricos. Estos fenómenos no difieren de la
ciencia ordinaria más que en esto: que no tienen fin, ni objeto, son totalmente
pueriles y fútiles. No conducen a ningún resultado práctico, y por esta razón,
el mundo no los tiene en cuenta y los verdaderos sabios no los han cultivado.
Pero estoy absolutamente seguro de que en el origen le todo lo que he visto u
oído, se encuentra un hombre como yo; y estoy inconscientemente convencido de
su existencia tan sólidamente como de sus efectos, por la razón siguiente: me
ha dicho usted mismo que no ha habido dos personas que hayan observado los
mismos fenómenos. ¡Pues bien! Observe igualmente que no existen dos personas
que hayan tenido jamás el mismo sueño.
Si
se tratara de una impostura corriente, la maquinación estaría construida para
dar resultados apenas diferentes: si se tratara de un hecho de orden
sobrenatural, emanando del Todopoderoso, se produciría igualmente con un objeto
bien definido Estos fenómenos no pertenecen, pues, a ninguna de estas dos
clases. Mi opinión es que proceden de un espíritu en este momento muy alejado,
y que no tiene intenciones muy claras; que estos hechos son el resultado de
pensamientos desviados, inestables, cambiantes y a medio formar; en una
palabra, que pueden ser los sueños de este espíritu, puesto en acción, y hechos
sustánciales sólo a medias; que este espíritu posee un inmenso poder, capaz de
poner la materia en movimiento, que es malvado y destructivo. Creo en una
fuerza material que ha matado a mi perro, y esta fuerza hubiera sido suficiente
para matarme, si me hubiera dejado subyugar por el terror, como fue el caso de
mi perro, si mi inteligencia y mi espíritu no me hubieran dado la fuerza de
resistir por medio de la voluntad.
-¡Ha
matado a su perro! Es aterrador. Efectivamente, es muy extraño que ningún
animal haya podido resistir el permanecer en aquella casa; ni siquiera un gato.
Además, no hay ratas ni ratones.
-El
instinto de los animales les hace descubrir las influencias nefastas a su
existencia. La razón humana es menos sutil, pero es más resistente. Ya basta.
¿Ha Comprendido usted mi teoría?
-Sí,
aunque imperfectamente. Y acepto esta fantasía (y perdone el término), aunque
llena de rarezas, más fácilmente que la noción de fantasmas y de espectros de
la que estamos embebidos desde la infancia. Pero en cuanto a mi pobre casa, el
mal sigue siendo, el mismo. ¿Qué podré hacer de ella?
-Voy
a decirle lo que yo haría. Estoy íntimamente convencido de que la pequeña
habitación sin amueblar, que se encuentra a la derecha de la puerta de la
habitación que yo he ocupado, es el punto de partida, receptáculo de las
influencias que encantan la casa y le aconsejo que desguarnezca las paredes,
que cambie el suelo, e incluso que la destruya completamente. He observado que
se aparta del cuerpo principal, que está construida por encima del patio, y que
podría ser demolida sin causar perjuicio al resto de la mansión.
-Y
piensa usted que haciendo esto...
-Tendrá
que cortar los hilos del telégrafo. Pruébelo estoy convencido de que tengo
razón, y quiero pagar la mitad de los gastos, si usted me permite que dirija
los trabajos.
-No,
puedo soportar los gastos. En cuanto a lo demás, permítame que le escriba.
Unos
diez días más tarde, recibí una carta de mister J... diciéndome que había
visitado la casa después de nuestra entrevista; que había encontrado las de
cartas que yo había descrito y las había vuelto a guardar en el cajón de donde
las había sacado; que las había leído con la misma desconfianza que yo y que
había empezado una encuesta concerniente a la mujer a quien yo sugerí que las
cartas, habían sido escritas. Parece ser que treinta y seis años antes, un año
antes de la fecha de las cartas, la mujer se había casado en contra de la
opinión de los suyos con un americano de un carácter muy especial; de hecho,
siempre había sido considerado como un pirata. La mujer era la hija de unos
comerciantes dignos, y había ocupado el cargo de directora en un parvulario,
antes de su matrimonio.
Tenía
un hermano rico, según decían, padre de un niño de seis años. Un mes después de
la boda, el cuerpo de este hermano había sido encontrado en el Támesis cerca del
puente de Londres, llevaba en el cuello señales de violencia, pero los indicios
no eran suficiente para clausurar la encuesta de otro modo que con esta
palabras. «Encontrado ahogado». El americano y la mujer tomaron al niño a su
cargo, pues el hermano difunto había manifestado en vida la voluntad de que su
hermana se ocupara de él, y si a él le sucedía algo la instituía como heredera.
El niño murió seis meses después; se supone que fue por causa de negligencia y
de malos tratos. Los vecinos atestiguaron haber oído gritos durante la noche.
El cirujano que le examino después de su muerte, dijo que estaba subalimentado
y que su cuerpo estaba cubierto de señales lívidas: Parece ser que durante una
noche de invierno, había tratado de escaparse, había saltado al patio, y tras
intentar escalar el muro, había sido encontrado por la mañana, muerto sobre las
piedras. Pero aunque hubo evidencia de crueldad, no había prueba alguna de
asesinato, y la tía y su marido pudieron excusarse, alegando la excesiva
insubordinación y la perversidad del niño, al que otros tachaban de pobre de
espíritu. Sin embargo, tal como debía suceder a la muerte del huérfano, la tía
heredó la fortuna de su hermano.
Antes
de que hubiera terminado el primer año de matrimonio, el americano abandonó
Inglaterra y no apareció más por aquí. Consiguió pasaje en un barco que se
hundió con cuerpos y bienes en el Atlántico dos años más tarde. La viuda vivía
en la opulencia. Pero algunos reveses de fortuna se abatieron sobre ella. Un
banco quebró, fue perdida una inversión, emprendió un pequeño comercio y fue
reconocida como insolvente; fue bajando cada vez más, desde gobernante hasta
criada para todo, no pudiendo conservar ningún empleo, aunque jamás tuvieron
que achacarle nada decisivo. Estaba considerada como una mujer sobria, honesta
y particularmente tranquila en sus costumbres; y no obstante, todo le salía
mal; de este modo, había acabado por caer en la «casa de trabajo» de donde
mister J... la había sacado para emplearla en la misma casa donde había reinado
como dueña durante el primer año de su matrimonio.
Mister
J... añadía que él había pasado una hora solo en la habitación vacía que yo le
había aconsejado que derribara, y que su impresión de angustia había sido tal,
aunque no hubiera oído ni visto nada, que se había decidido a desguarnecer las
paredes y a cambiar el recubrimiento del suelo, tal como yo le había
aconsejado. Había contratado personal para este efecto, e iban a empezar el día
que yo tuviera a bien indicarle. El día fue fijado. Me dirigí a la casa
encantada; entramos en la lúgubre habitacioncita, levantamos el plinto y luego
el recubrimiento del suelo. Bajo las vigas encontramos, cubierta de basura, una
trampa apenas lo bastante ancha para permitir el paso de un hombre.
Estaba
cerrada con candados y remaches. Al abrirla, descubrimos una pequeña
habitación, de cuya existencia jamás se había sospechado. En aquella habitación
había una ventana y una chimenea, pero, con toda evidencia, habían sido
tapiadas las dos, muchos años antes. Con la ayuda de velas, examinamos el
lugar. Contenía únicamente algunos muebles carcomidos, tres sillas, un banco de
encina, una mesa, todo del estilo de hace ochenta años. Había una cómoda junto
a la pare donde encontramos, medio podridos, los objetos de vestir como los
usaban, hace un siglo, los caballeros de algún rango; hebillas de acero y
botones como llevan aún ahora en las levitas, una elegante espada y en un traje
que en otro tiempo había estado adornado con encajes de oro, pero que
actualmente estaba negrecido y sucio por la humedad, encontramos nueve guineas,
algunas monedas de plata y una ficha de marfil probablemente para una recepción
de hacía mucho tiempo. Pero nuestro principal descubrimiento fue una especie de
caja fuerte de hierro, fija a la pared, que nos costó mucho trabajo abrir.
En
aquel cofre encontramos tres departamentos, dos pequeños cajones. Alineadas
sobre las tablas, había unas botellitas de cristal herméticamente cerradas.
Contenían esencias volátiles incoloras, sobre las cuales diré únicamente que no
eran venenos; el fósforo y el amoniaco entraban en la composición de algunas de
ellas. Encontramos también unos curiosos tubos de cristal, una pequeña barrita
de hierro, con una pesada maza de cristal de roca y otra de ámbar, así como un
poderoso imán.
En
uno de los cajones encontramos una miniatura en oro, cuyos colores tenían una
frescura notable aún a costa del tiempo que hacía que se hallaba allí. El
retrato era el de un hombre de edad madura, de unos cuarenta y siete o cuarenta
y ocho años Era un rostro sorprendente, de los más impresionantes. Si pueden
ustedes imaginar alguna enorme serpiente transformada en hombre y conservando,
bajo los rasgos humanos, el carácter de la serpiente, tendrán una imagen mejor
de la que podría ofrecerles una descripción. Estos eran los rasgos: amplitud y
llaneza de la frente, elegancia puntiaguda de los contornos, suavizando la
fuerza de una mandíbula implacable, la mirada alargada, grande terrible, con
destellos verdosos como la esmeralda, una especie de tranquilidad
imperturbable, como nacida de la conciencia de un inmenso poder.
Maquinalmente,
di vuelta a la miniatura para examinar el reverso, y en la cara posterior
observé un pentágono grabado. En medio de éste una escalera cuyo tercer peldaño
estaba formado por la fecha de 1765.
Al
mirar desde más cerca, encontré un resorte; apretando éste, se abría la parte
posterior de la miniatura como una tapadera. En el lado interior de la
tapadera, estaba grabado: «A ti, Mariana, sé fiel en la vida y en la muerte
a...»
Aquí
seguía un nombre que no mencionaré, pues me resultaba algo conocido. Lo había
oído mencionar a los viejos en mi juventud como perteneciente a un charlatán
famoso que había causado sensación en Londres durante un año, y había huido del
país bajo acusación de doble asesinato, perpetrado en su propia casa, de su
amante y su rival. No dije nada de ello a mister J..., a quien entregué la
miniatura.
Habíamos
abierto sin dificultad el primer cajón del cofre, pero nos costó mucho trabajo
abrir el segundo: no estaba cerrado con llave, pero resistió a todos los
esfuerzos, hasta que insertamos en la hendidura la hoja de un cuchillo. Cuando
lo abrimos, encontramos en su interior un singular aparato de los más perfectos
en su género.
Sobre
un librito delgado, una plaqueta más bien, se encontraba un platillo de cristal
lleno de un líquido claro sobre el que flotaba una especie de brújula cuya
aguja giraba rápidamente. Pero en lugar de los signos ordinarios de la brújula,
se podían leer siete extraños caracteres, bastante semejantes a los que
utilizan los astrólogos para designar a los planetas, Un olor particular, ni
fuerte ni desagradable, salía de aquel cajón recubierto de una madera que
enseguida identificamos como nogal.
Cualquiera
que fuera la causa de aquel olor, producía un extraño efecto sobre los nervios.
Experimentamos los dos, así como los dos obreros que se encontraban en la
habitación, una sensación de dolor agudo que iba del extremo de los dedos hasta
la raíz de los cabellos. Impaciente por examinar la plaqueta, cogí el platillo.
Al hacer esto, la aguja de la brújula se puso a girar a una velocidad excesiva
y sentí un golpe que se extendió por todo el cuerpo, tan fuerte, que dejé caer
el platillo al suelo. El líquido se derramó, el platillo se rompió, la brújula
rodó hasta el extremo de la habitación y en el mismo instante, las paredes
temblaron como si un gigante las hubiera sacudido.
Los
dos obreros se quedaron tan asustados, que se lanzaron a la escalera por la que
habían bajado a la habitación.
Entre
tanto, ya había abierto la plaqueta. Estaba encuadernada con cuero y cierre de
plata. Contenía una única hoja de pergamino, y en aquella hoja estaba escrito
en el interior de un doble pentágono, en viejo latín monástico, una frase que
se puede traducir literalmente por estas palabras: «Sobre todo objeto palpable
que se encuentre en esta casa, animado o inanimado, vivo o muerto, como se
mueven las agujas, así actúa mi voluntad. Maldita sea la casa y que sus
habitantes sean atormentados para siempre».
No
encontramos nada más. Mister J... quemó la plaqueta y su anatema. Arrasó hasta
los cimientos la parte del edificio que ocultaba la habitación secreta, y la
que se encontraba encima de ella. Tuvo entonces el valor de vivir él mismo en
la casa durante un mes, y no pudo encontrarse en todo Londres una casa más
tranquila y más confortable.
En
consecuencia, la alquiló, y su inquilino no se quejó jamás.